Pasa el tiempo, y cómo. Sigo con la guerra fuera de mi vida. Porque mi vida es Ella, mis amigos, mi familia, mi música, mis libros, mis películas (sí, sí, cada cosa con su vida propia, pero son mías, porque si no, no soy nada). El resto, no es mi vida. Es mi guerra. La guerra de todos, o casi todos, desgraciadamente en estos tiempos grises y brutales. Trabajo para tener una vida, pero eso no es mi vida. Y sigo con mis quebraderos de cabeza, tratando de respirar y aspirando a mantener mi vida a salvo.
Sí, pasa el tiempo. Y no sé aún si debo considerar este Rio como algo vivo. Tampoco me lo planteo. A veces me acuerdo de él. La mayoría de las veces, no. Y no me pasa nada. Disfruto igual de un concierto de los mágicos The Baseball Project sin pasar por el río a contarlo. Disfruto igual del maravilloso último disco de Wilco sin pasar a compartirlo.
Pero sí, pasa el tiempo, y hoy me ha dado. Ya casi tres años desde que disfruté a Yo La Tengo en directo la última vez. Y aquí estoy, con su nuevo Popular Songs. Y mucho me temo que populares, lo que se entiende hoy en día por populares, no lo van a ser. Sigue habiendo un abismo insalvable entre lo que para mí es mágico, y lo que se entiende por magia en el mundo real. Porque tal vez mi vida, sí, esa que sí es mi vida, esté bastante alejada del mundo real. O tal vez éste sea el perdido.
Y Popular Songs me regala de nuevo las más maravillosas tonadas pop, mezcladas con ritmos de puro garage, de rock and roll (con tres palabras, como debe ser), de soul, de rythm and blues (de nuevo tres palabras), de funk, y de ruido, que cuando no es gratuito, es parte de la misma cara del pop, del rock.
Cómo describir de otra manera el irresistible bajo de Periodically Double or Triple, o el puro pop de I’m on my way, o el rock and roll de Nothing to hide, o los 15 minutos de And the glitter is gone.
Yo La Tengo, cómo no, siguen siendo parte de eso que aún puedo llamar mi vida. Porque, insisto, son como de la familia.
Suena la corriente: "Nothing to hide" - Yo La Tengo
lunes, junio 01, 2009
Cerrando el triángulo
Cuando este Río estaba vivo, no me cansaba de repetir que realmente somos tres. Un triángulo, y cada uno en su vértice.
Este sábado pasado, en Barcelona, por fin, pudimos dibujarlo. Sentirlo y vivirlo.
Regalaba el otro día una gran canción del bueno de Escovedo. La regalaba porque era mía. Y por tanto puedo hacer con ella lo que quiera. Me apropio de las canciones que me gustan, porque nunca he dudado de que quien las graba lo hace para ello. Pasan a ser mías, las regalo, las medito, las tiro, las lloro, las río, las quiero o las odio.
Y en aquellos días de celebración, mi buen Ángel nos regalaba también una canción. Yo sé que hace con ellas lo mismo que yo. Se las apropia, y por ello valoro el gesto como lo que representa. Nos la regalaba a Ella y a mí, y nos invitaba a bailarla, sin descanso. Él, gran disfrutador de las peripecias del viejo padre Dylan, sabía que esta canción tradicional había sido transformada (y apropiada a su vez por el viejo Dylan, que también sé que hace con las canciones lo mismo que nosotros) con ese fin.
Me hace soñar Tell Tale Signs, porque cualquier disco de rarezas y descartes del viejo padre Dylan es comparable a la obra cumbre de la mayoría de los otros. Hay unos, muy pocos, y los otros. Así son las cosas. Están unos, y estamos los otros. Y aquellos nos ayudan a seguir bebiendo.
Y sí, por eso, por el viejo padre Dylan, por mi buen Ángel, bailo día y noche con la chica de la orilla del Río Rojo. Y al igual que el viejo, I wish I could have spent every hour of my life With the girl from the Red River Shore.
Por la tarde vi un trozo de una película. O de una serie. Apenas cinco minutos. En la escena, unos embrutecidos obligaban a lanzar vivas a alguien ya muerto. Y una persona, objeto de su ira, es presionado, es acosado, es forzado a gritar ese viva. Gritar con voz trémula. Gritar con miedo. Pisoteando todo aquello en lo que había creído. Y le comprendí. Vaya si lo hice. Siempre lo he hecho con los cobardes. Tiene alguien derecho a exigir a nadie ser un héroe?
Por la noche vi Amadeus. Aún no lo había hecho. No sé, nunca me llamó lo suficiente. Y en los primeros diez minutos, ya sabía que el único personaje que me interesaba de la película era Salieri. Con mucha diferencia. Mozart era un genio, y, por ello, no me abruma. Salieri sabía de su mediocridad. Y siempre he comprendido a los mediocres.
Hace unos días, mis amigos nos regalaron lo que Ella y yo les debíamos desde hace meses. Compartieron comida, bebida y piel. Organizaron todo y sólo exigieron nuestra presencia. Y ver, no sé, sesenta, setenta, ochenta caras reir con nosotros me hizo pensar que debe ser que sí, que algo bueno he hecho en la vida. Hasta hoy ni siquiera he podido pagarles con unas palabras. Porque apenas me salen. Porque como decía alguien muy querido, estoy blandito. Muy blandito. Debe ser la edad, que aflora sentimientos.
Les regalo mejor una canción de mi querido Alejandro Escovedo. Porque hay redivivos que jamás deberían dejarnos. Porque wasn’t I always a friend to you?
En el mundo somos más, muchos más, los cobardes y los mediocres. Pero creo que somos mucho más felices.
Trato de imaginar un disco dedicado a rutilantes estrellas del fútbol, de ayer y de hoy, y la verdad, no consigo dejar de sonrojarme ante su resultado (si bien, sonrojarse por algo que no existe no dice mucho a favor de mi salud mental).
Y sin embargo, en algo parecido ando estos días. Porque ya he salido de la cáscara de nuevo. Me explico. Tras los rápidos que el Río Rojo decidió crear en nuestra casa, uno no tuvo otra alternativa que tomárselo con la mayor (o menor, prefiero las pequeñas cosas) de las filosofías. Sólo 14 días habíamos podido disfrutar del nido en condiciones, pero con Ella al lado, el tema era superable. Claro que lo era (y además, no había alternativa).
Pero tres semanas después, me di cuenta que desde que mis vinilos y cd’s se dieron el suicida chapuzón en agua y barro, no había vuelto a escuchar ni una sola canción, ni encendido el cacharrito, ni sacado lustre a las rodajas supervivientes. Ni una sola nota, ni una sola guitarra.
Ni puta idea si eso es shock, trauma, depresión, escapismo o huída hacia delante. Pero era un hecho, y en mi caso, bastante desasosegante.
Pero no, no, nada que temer. Ni he abandonado mi higiene física y mental encerrándome en casa, ni me he convertido en un anacoreta del silencio, ni se me han cruzado los cables y he enterrado a varios políticos locales y algún que otro vecino bajo los lodos caseros. No. Un día, sin saber cómo ni por qué, encendí el cacharrito. Y Ella respiró tranquila al ver que volvía a ser el mismo alucinado de siempre que le habla de guitarras arrastradas.
Pues eso, un disco de fútbol? No sé, tal vez Calamaro y algún que otro grupo argentino. Pero trasladándonos a Estados Unidos y centrándonos en el béisbol, eso es lo que han hecho The Baseball Project.
Este tipo de grupos me encantan (aunque en mas de una ocasión, desconfío de estas reuniones). Por las expectativas que son capaces de generar. Ya he repetido variasveces en el Río mi entregada admiración por Steve Wynn y Scott McCaughey. El primero, con Dream Syndicate, en solitario o con Miracle 3 siempre ha sido capaz de llenar de sudor todas sus guitarras. El segundo, con los Young Fresh Fellows y Minus 5 las ha llenado de inmediatez y alegría. El caso es que tras conocerse cara a cara por primera vez mientras orinaban en los baños de una discoteca (lo de cara a cara es metafórico, supongo), y tal vez sufriendo los traumas aún de alguna inundación (también lo supongo, no sé) que les llevó a no hablar de música, descubrieron su común pasión por las viejas glorias, caídas y/o mantenidas, del béisbol.
Años después, aquella charla ha sido plasmada en Vol. 1: Frozen Ropes and Dying Quails, con la ayuda de Linda Pitmon (siempre a la vera de Wynn) y Peter Buck (cuyas aventuras musicales con Scott son mucho más sugestivas que las que mantiene con Michael Stipe). Por cierto, que imaginando la conversación/orinal de aquéllos en el baño, no puedo dejar de recordar mi encuentro cara a cara con Buck en similar circunstancia (lo de cara a cara es metafórico, afirmo).
El caso es que estos cuatro elementos, The Baseball Project, se han marcado un disco lleno de melodías, guitarras, pop, rock, psicodelia y todos aquellos elementos afines a los sonidos que definen a Wynn y McCaughey, un disco lleno de vida que repasa parte de la historia de ese deporte. Eso sí, en volumen 1, por aquello de las puertas para segundas partes.
Mmm, con lo espesito que estoy estos días, discos así me desengrasan. Y reconfortan.
Cómo volver a enfrentarse a estos cauces. Tal vez no merezca la pena hacerlo. Si acaso saludar para decir que estoy vivo. Aún.
Hubo boda, celebración, risas, amor. Como ya otros han contado (gracias). Yo, me lo guardo para nosotros.
Hubo viaje, como mandan los cánones, no escritos, seguramente. Cuba pasó bajo nuestros pies y sudó bajo nuestros cuerpos. Tratamos de evitar algunos caminos trillados, caminos de papel cuché. Nunca se consigue del todo. Y Ella tuvo los ojos más abiertos y certeros. Y no tengo palabras (casi nunca las tengo) para explicar qué se siente al navegar juntos.
Después, tras las buenas nubes, llegaron las malas. El cielo siempre tiene estas sorpresas. Las aguas corrieron, y el río, rojo barro, rojo tierra, río rojo, se hizo más presente que nunca. La casa, nuestra recién compartida casa, nuestra recién estrenada casa, se hizo río.
Ya, lo material se puede recuperar. Pero es acaso material los libros que han alimentado un pasado? Es realmente material tu colección de vinilos, todos y cada uno de los cuales tenían una historia (porque el plástico atrapa el momento como nunca lo hará el audio digital)? Es material perder parte de tu pasado? Tras la inundación, hubo un querido amigo (y dos, y tres, y cuatro,...) que sólo podía decir qué horror, qué horror. Pero de todo se sale. Tal vez con no recordar. Tal vez con sólo seguir navegando.
Después, el almacén virtual cambió por razones obligadas, y el Río Rojo perdió todas (casi) las fotos. Se quedó desnudo, mostrando torpes palabras deslavazadas. Volver a ponerlo en orden sería arduo. Más de 400 post.
Merece la pena hacerlo? En esas estoy. Sopesándolo.
De momento, sigo/sigan disfrutando de nuevas/viejas músicas. Por los viejos días.
Este viejo capitán, aunque pudiera parecer lo contrario, está más en forma que nunca. Su barco lustrado, la máquina engrasada, la caldera rugiendo. Y las aguas del río, mansas hasta el horizonte.
Este viejo capitán, que ha creído estar andrajoso y entumecido, hace tiempo que despertó de una buena siesta en cubierta. Sus guitarras y Ella le animaron al baile.
Y ahora, con sus mejores galas, emprende una nueva travesía de la mejor manera, acompañado. El mar y el río, si es con Ella, saben mejor. La sal y el dulce en su justo punto.
Sí, mañana, el capitán dejará de ser uno.
Pues eso, brinden ustedes con nosotros. Sigan la letra y el baile amenizado por el Gran Flaco. Tienen toda la cubierta a su disposición. Eso sí, respeten el camarote.
Suena la corriente: "De bolón pin-pon" - Flaco Jiménez
sábado, abril 26, 2008
Josetxo Anitua (1965 - 22 Abril 2008)
Cada ciudad, barrio, calle, club, escenario, tiene sus propios mitos. Su ausencia hace más oscura la luna.
Más de un simple tiempo considerado prudencial sentado frente al volante. Más de un simple momento racional mirando tras el cristal, sin nada que ver. No hay carretera. Solo lluvia, barro y agua.
El coche comienza a no existir. Igual que este conductor/capitán no tiene manos para el volante. Sólo Ella mantiene el control. Y si acaso, Ben Linus.