Este viejo capitán, aunque pudiera parecer lo contrario, está más en forma que nunca. Su barco lustrado, la máquina engrasada, la caldera rugiendo. Y las aguas del río, mansas hasta el horizonte.
Este viejo capitán, que ha creído estar andrajoso y entumecido, hace tiempo que despertó de una buena siesta en cubierta. Sus guitarras y Ella le animaron al baile.
Y ahora, con sus mejores galas, emprende una nueva travesía de la mejor manera, acompañado. El mar y el río, si es con Ella, saben mejor. La sal y el dulce en su justo punto.
Sí, mañana, el capitán dejará de ser uno.
Pues eso, brinden ustedes con nosotros. Sigan la letra y el baile amenizado por el Gran Flaco. Tienen toda la cubierta a su disposición. Eso sí, respeten el camarote.
Suena la corriente: "De bolón pin-pon" - Flaco Jiménez
sábado, abril 26, 2008
Josetxo Anitua (1965 - 22 Abril 2008)
Cada ciudad, barrio, calle, club, escenario, tiene sus propios mitos. Su ausencia hace más oscura la luna.
Más de un simple tiempo considerado prudencial sentado frente al volante. Más de un simple momento racional mirando tras el cristal, sin nada que ver. No hay carretera. Solo lluvia, barro y agua.
El coche comienza a no existir. Igual que este conductor/capitán no tiene manos para el volante. Sólo Ella mantiene el control. Y si acaso, Ben Linus.
Suena la corriente: "Where is the highway tonight?" - Neil Young
domingo, febrero 10, 2008
Boleros enfermos
Leía el otro día (realmente fue hace unos cuantos otros días, pero en estos tiempos mi tiempo no importa) una entrevista a Javier Corcobado, con quien desde hace lustros comparto ese gusto por los excesos que siempre ha alimentado. Desde sus tiempos con Mar Otra vez y Demonios Tus Ojos hasta los grandes ratos que me hizo sangrar con sus Chatarreros de Sangre y Cielo. Un espécimen ciertamente extraño en el panorama nacional, que ha combinado sus tormentos musicales y líricos con un paseo vital igual de oscuro, siempre con la losa encima de ser considerado el Tom Waits o el Nick Cave de aquí.
Pero hablaban en dicha entrevista de dos discos que bajo el nombre de Corcobado y Cría Cuervos editó en el 93 y el 96, bajo el genérico título de "Boleros enfermos de amor". Hoy en día son ilocalizables e incluso se han perdido los masters.
Aquí los tengo, encima de la mesa, dos CD’s desgastados, comprados en su momento y disfrutados durante cientos de horas. No, no llegué al bolero a través del bueno de Corcobado (sino mucho antes), pero siempre supe que ambos tendrían que encontrarse y que yo estaría ahí en medio. Porque ambos son igual de desgarradores, de excesivos, sobreactuando como debe ser cuando es un corazón sangrante quien canta.
Deconstruir los lamentos de Juan Arrondo o del maestro Manzanero con guitarras eléctricas desaforadas y voces cavernosas, y que todo sonara como debe hacerlo un bolero de desamor, no era plato fácil.
Pero saborear cómo Corcobado canta eso de "si hace daño la bebida, más daño me hizo tu amor", o aquéllo de "pídele a dios que me muera, pues mientras siga viviendo, te voy a estar maldiciendo" es plato para paladares gruesos adictos a sabores finos.
Y es que un buen bolero desgarrado tiene aquel romanticismo, perdido desgraciadamente hoy en día, cuando el alma abandonada por el cuerpo deseado empleaba como única venganza el paseo por los suburbios del amor de pago y los ríos de alcohol.
Pues eso, que entre días de atascos y ausencia de palabras, ni voz ni voto se atisba en el río. Tal vez, si acaso, recoger las botellas rotas tras la escucha de los Tonos Carnosos.
Que posiblemente fueron ellos los culpables de que una noche de viernes este viejo marino (¿?) se aventurase más allá de sus dominios. Cerveza en una barra extraña y guitarras sobre un escenario es algo que últimamente, por inusual, se antoja de otra vida. Todas mis sed se aplacan embotelladas en estos días.
Fountains of Wayne llegaron y se fueron (vamos, como todos), tocaron corto y alto, me gustaron cuando se cobijaron en sus muros power-pop (las más de las veces), y no tanto cuando dieron rienda suelta a sus melodías con sonidos dance. Reconozco que su último single, Someone to love, podría hacerles escalar cualquier lista de esas que garantizan la fama. Pero es que cerrando los ojos, en disco y en directo, me recuerdan a las chiquitas esas de Dover, moviendo ahora sus esqueletos por esas pistas de dios.
Será que mi artrosis me invita más al ritmillo llevado con los pies y acompañado con un ligero movimiento de cabeza. En fin, que en su último trabajo, Traffic and Weather, me veo obligado a saltarme tres o cuatro canciones. Y eso, querido organista onanista, en estos tiempos de uso indiscriminado del dedo índice, no es bueno, no.
Me gusta cuidar mis debilidades, alimentarlas, añorarlas, seguirlas, pensarlas, recordarlas, beberlas, vivirlas, mimarlas, guardármelas.
Sean las que sean, son mías. Como los Fleshtones son un poco míos. O así los siento. Su garage-soul-beat siempre me hizo sudar, siempre me dio ganas de comerme el mundo, de sentirme menos mequetrefe.
Les recuerdo hace muchos años, terminando un concierto en Madrid, dirigiéndonos al público en fila india a la calle, mientras el batería mantenía el ritmo con el bombo bajo el brazo. También hace muchos menos años, subidos (ellos) a la barra del local durante buena parte del concierto.
Por alguna caja he de tener aún el paquete de Lucky Strike que, con las firmas de Peter Zaremba (mi mentor en eso de tocar unas maracas sobre un escenario) y Keith Streng, me consiguió atikus tras más de una cerveza en La Vía Láctea.
Son días estos en que las palabras no me salen, o la falta de tiempo no las propicia. Por eso prefiero obviar su trayectoria, sus historias, sus fetiches. Me centro mejor en simplemente escuchar su nuevo trabajo, Take a good look, que sé que me ofrece prácticamente lo mismo de siempre.
Pero esto mismo no es otra cosa que sudor lúdico, urgencia juvenil, tal como la entiendo. Qué importa que ellos y yo estemos mayores, si podemos seguir sintiendo como queramos (superando mi síndrome AOR estoy?).
Como un niño volviendo a la escuela. Acompañado de mis amigos. Durante casi treinta años juntos. Haciendo gamberradas por las aceras.
Pero cómo puede decir la buena de Kelly Willis que nadie quiere volver a la luna? Yo me apunto. O más que posible, ya estoy en ella. Mi mente divaga a estas horas desde hace semanas, floto, no tengo cuerpo.
Y sin embargo, hago tiempo en el atasco escuchando su nuevo disco, Translated from love, al que he llegado siguiendo la estela de su productor, el gran Chuck Prophet, a quien quiero a pesar de alguna pasada decepción.
Me engatusa la Willis, aunque haya algo en su country-rock que no cuadre del todo con mis levitaciones entre coches. No sé, me vienen tres letritas que hace tiempo tuvieron un decir en esto de la música, AOR. Adult Oriented Rock. Vamos, rock sin muchas transgresiones, apto para cuarentones con un cierto y recóndito espíritu rebelde pero de formas asentadas (glups, me acabo de describir?). Hace tiempo que no oigo hablar del AOR. Tal vez pasó el tiempo de esta etiqueta, como pasa el de las modas, o tal vez haya sido engullido por el AOP (Adult Oriented Pop) que arrasa en las vomitivas emisoras musicales de hoy día.
Divago, divago, ya lo decía antes. Se me va la cabeza, a la luna. Y sin embargo, coño con la Willis, se me está quedando. Sin duda, es la edad (la mía).
Por cierto, cuentan las lenguas no se qué de que un ocho ha sucedido a un siete en los calendarios. Yo no me entero mucho, pero por si acaso, tengan la mejor de las suertes en este ocho.
Suena la corriente: "Nobody wants to go to the moon anymore" - Kelly Willis
sábado, diciembre 15, 2007
Luces encendidas
Una vez más, y aunque se/me repita a menudo, el tiempo se desliza entre los dedos, cae, gotea, y trato de atrapar alguna de esas gotas con la lengua, pero el estropajo seco no absorbe.
Mis ausencias no son ya únicamente del Río. Ya ni me indigno por leer al mamoncín del Bautista o al imbécil de Malcolm McLaren. Me falta rabia y me sobra cansancio.
Y a pesar de todo, tengo las luces encendidas. Las ganas, de tantas cosas.
Hay demasiadas aguas que navegar aunque estemos muertos. O casi.
Cuídense.
Suena la corriente: "Things to do in Denver when you're dead" - Warren Zevon
martes, noviembre 27, 2007
La tierra prometida
Mi buen Ángel me escribió una carta hace muchos años, cuando yo aún soñaba. Hablaba de letras, de música, de escapadas, de encontrar lo que no buscábamos, de salir del círculo. Por qué no íbamos a intentarlo. Íbamos a escapar de la sirena de la fábrica, del horario, de la gente, tan distinta de las personas. Sonaba en aquella carta Factory, y las aristas eran confusas. Pero por qué no íbamos a conseguirlo. No sé si él la recuerda. Tampoco sé si la conservo aún. Tal vez en alguna caja perdida. Pero es muy posible que no. Aquella carta era subversiva. Y como tantas cosas que nos revuelven, la escondí.
Mi buen Fran me habló de largarnos, de seguir al Hombre hasta la en aquellos días lejana Francia. Y luego ya veríamos. Tampoco había mucho que perder, y sí que ganar. Aunque sólo fuera poner letra a los sueños. Estaríamos en las calles, buscando a nuestras Sandys, Kittys, Marys, Rosalitas, señoritas…, paseando con la banda, sin recaudo a la espalda. No sé si él las recordará. Escondí y olvidé aquellas palabras. Porque asustaban. Por deseadas.
Las cosas hoy son muy distintas. Escuchamos las sirenas de la fábrica y somos parte de la gente. Bueno, casi. Porque en el fondo, somos capaces de sentirnos algo diferentes. A pesar de compartir con 16.000 gentes dos horas y media, creemos que la mayoría que nos rodea no lo va a entender. Cada uno tiene sus propias emociones.
Y el Hombre tampoco ya es el mismo. Y también es diferente. No, no nos cruzamos la vista, no nos damos la mano, no nos estrechamos en un abrazo. Me gusta pensar que porque no lo necesitamos. Él sabe que yo estoy allí, y yo sé que me va a decir que vuelva a leer la carta de Ángel, que repita las palabras de Fran. Porque entre callejones, malas calles, vagabundos, noches, sueños con Ella, aún nos queda ese instante de brillo, esa tierra prometida.
Ese momento en que Él y yo aún nos identificamos. Porque supongo que en el fondo, seguimos siendo niños asustados.